Ciudad Fisura es el segundo libro de la poeta, coreógrafa y bailarina de danza clásica Sonia Jiménez, quien conoce muy bien los tejidos estéticos de diversos lenguajes artísticos, y que en la poesía, su voz joven muestra ya una madurez contundente. En esta entrega nos presenta una voz poemática atravesada por la herida inmanente de toda literatura urbana que, en su caso, se despliega del interior del ser humano al exterior de la antiquísima y a la vez moderna Ciudad de México, y viceversa: una grieta que abisma y trasluce el láser implacable, emanado desde el interior confuso de sus criaturas.
El ejercicio de la lectura de este libro se puede traducir en observar, desde una mirada penetrante, como detrás de la cerradura de una puerta misteriosa, a los personajes que nos devuelven estampas de la terrible ciudad desgarrada y fragmentada en cada arteria, parque, estación del metro o plaza pública. Los muros, el tráfico, los rascacielos, como gigantes que fuman nubes, nos dice la autora, expresan un mundo transitado por la tecnología, el consumo, el cansancio de ir como autómatas de la cama al trabajo, y regresar con la angustia de lograrlo; así como por seres secuestrados en adicciones, en el caos de una urbe que conforma el escenario justo para un drama amoroso.
De esta manera, poemas como “Periférico”, nos adentran en el impacto mental de una ciudad ingobernable por el hurto, las mentiras y las noticias catastróficas, que arrojan escenas de violencia cotidianas y no conmueven a nadie: en nuestros versos retumban lamentos / somos ecos de generaciones mutiladas / y donde un virus anónimo busca acabar con los que restan.
La alteración emotiva de un desamor a primera vista, no escapa a la mirada de quien sobrevive en y a la gran ciudad.
Hay dos personajes centrales: Ella y Él. Afuera del Palacio de Bellas Artes, ella lo ve perderse entre la multitud, se confiesa a sí misma: “no cabes en su mundo”, lo imagina en el suelo diciendo un nombre que no es el suyo, mientras las jacarandas tapizan las calles, y ella se ve perdida en Barranca del Muerto.
Su existencia se colapsa, acepta que tiene un gran parecido con la ciudad: ambas están rotas, y no sabe si podrá volver a ser la misma en el escenario dancístico frente al público. Poética del desencanto, con rasgos y riesgos existenciales que encarnan en el ser citadino contemporáneo. Su mirada se convierte en una penetrante crítica social que no deja concesiones al lector.
En la clase de danza de “Centro Nacional de las Artes”, hay una comunión entre los cuerpos de los amantes: Éramos uno solo / en distintos cuerpos, al igual que en “Alameda”, expresa que pertenece a las manos del amado, por lo que el abandono significa la mutilación de esa mitad del cuerpo que antes era uno. Un trayecto, a contrasentido de sus imágenes vertiginosas, se convierte en diversas alteraciones que revelan una y varias historias desencajadas, dentro de un tiempo aparentemente vacío y sin sentido. Y digo aparente, porque el desencanto, el fracaso y el olvido también construyen sus propios campos semánticos.
No hay un punto para la respiración, salvo cuando con vehemencia escribe: Cómo vuelvo / cómo vuelvo. En “Masaryk” el recuerdo persiste entre la risa y el llanto, ante la ocasión cuando sus bocas pudieron humedecerse:
cuánto buscaba sumergirme en el océano de tus ojos / y nadar desnuda […] te perseguía con inocencia adolescente; y aunque el fracaso es como un libro escrito para nunca leerse, la autora ha decidido que esa tortura inmortal, como la llama, quede atrapada entre las páginas de este libro.
En “La Concepción”, vuelve a aparecer el recuerdo del Ausente. En otros poemas expresa que esto es como un mal pensamiento; en medio de sus delirios se cuestiona si lo vivido fue real o ficticio: no sé si sigo en este mundo / o he partido / si soy desvarío / figura apagada / o febrícula con alucinaciones. Estos delirios diurnos y nocturnos hacen que Ella cruce el umbral de diversas emociones recurrentes: lo bello de saberse juntos, de conocerse como seres extraordinarios, los reproches por la cobardía de no intentar que su amor se salvara, una rabia de existir en soledad; es decir, su cuerpo, su psique siguen dentro de él.
En el poema “Coyoacán” hay una furia, un anhelo bestial de Ella por poseer a su amado, una relación entre amor y sexo que llega al clímax de esta aventura Violeta, en la Zona Rosa, en el Templo Mayor, en todos los rincones evocados de la ciudad, con la abstinencia en el cuerpo, herida que supura y no cierra. El diálogo con la terrible ciudad constituye también un duelo de desintoxicación amorosa; la voz femenina vive este proceso dolorosa y poéticamente. Los recuerdos fulminantes constituyen el tránsito de la separación de los amantes, tan fuerte como una pequeña muerte. El tono melancólico permea una obra que abreva en atmósferas góticas, y que la autora sostiene a lo largo de los poemas como un acierto literario.
El alma del personaje femenino continúa incrustada en sus recuerdos, escribe: Hace tanto nos cubren tinieblas […] las flores violetas flotan en lugar de tapizar el suelo, imágenes precisas que van conectando un poema con otro, hasta lograr nuevamente esa sensación de delirio suicida, en versos como: esta piel no me pertenece / por dentro vibro / por fuera soy cáscara que se rompe […] caminar por el borde del precipicio y salir o clavarse / cual arma de fuego […] con el destino custodiado en los bolsillos. Cuando un alma está atormentada, pero al mismo tiempo es libre de escribir, de denunciar, de sostener una postura frente al caos del mundo, y de ejercer el acto sencillo de caminar y meter las manos en los bolsillos, como Arthur Rimbaud en aquellos famosos versos de “Mi bohemia”: Iba por ahí, con las manos metidas en los bolsillos rotos (…) caminaba bajo el cielo, ¡oh Musa!, y era tu vasallo, nos restituye un signo de autenticidad, de sinceridad y verdad; en ese mismo sentido de ética a través de la estética que plantea.
Poética del desencanto, decía, que no impide ver la violencia citadina y denunciarla. Así, encontramos una postura feminista en varios de los poemas: llevamos siglos limpiando muros […] hace años somos sordas / no escuchamos gemidos […] cuerpos mutilados por los propios padres y hermanos; un mirar en el sufrimiento de los otros: Ayer mataron a un joven / apagaron su médula […] no pudo implorar ayuda / gritar / defenderse… Y una conciencia histórica, “Campo Marte”: No podemos llover de madrugada / no podemos huir / solo falta que nos disparen. “Tlatelolco”: Amanecer sin ojos / sin olor / sin venas / sin cuerpo… Y aunque hay un lamento intrínseco, Sonia Jiménez esculpe lentamente en sus versos una redención que nos salva de las fisuras en que nos abatimos, dentro de los parajes del concreto asfáltico. La voz poética que construye busca salidas también respirables, después de las atmósferas asfixiantes vividas. Para la persona que pronuncie en voz alta estas imágenes, o para quien se adentre en su lectura de manera silenciosa, los sugestivos paisajes de su poesía le restituirán el mundo que habitamos abismalmente en la Ciudad de México, y más de uno nos reconoceremos en sus aristas.
Ojalá que a lo largo de este poemario (el primero de la autora en Ediciones La Cuadrilla de la Langosta) encontremos el impermeable que nos proteja de su lluvia latente, y estos versos nos conduzcan a reflexionar sobre su verdad inminente; un espejo sabio para el alma sensible y un mapa imaginario para la reinvención de los nombres de cada poema-destino.
El filósofo Martin Heidegger al estudiar la esencia de la poesía, a través de la figura de Friedrich Hölderlin, se pregunta de qué modo el ser humano puede habitar el mundo poéticamente. En la famosa carta a su madre de 1799, Hölderlin escribe que la poesía es “la más inocente de todas las ocupaciones”, un año más tarde afirmará que el hombre guarda su espíritu como la flama celeste, que le ha sido dado el libre albedrío y el más peligroso de los bienes: el lenguaje, para que con él cree y destruya, y así muestre lo que es. Dos siglos después sus pensamientos siguen vigentes.
Sonia Jiménez pertenece a una estirpe de artistas, cuya generación nos exige ver las violencias en las que estamos sumergidos; al mismo tiempo, nos invita a resignificar nuestras vidas a través del arte, y a preguntarnos cómo cambiar este mundo que sigue hiriéndonos de múltiples maneras; hacerlo más habitable sería una forma de bailar metafóricamente, y de pensar la propia existencia como estrategia frente al desencanto y la muerte. Por ello, el poema con el cual cierra el libro “Viveros”, además de que es un lugar que se evoca en el verde de la naturaleza dentro de la ciudad, afirma su ser: Porque yo soy yo / realizando biopsias de la existencia […] porque yo soy yo / compleja / rota / pero restaurada por carcajadas fugaces… Sonia Jiménez muestra, a través de la creación de una voz que utiliza plenamente sus dones literarios, que vivir poéticamente, con lo que la poesía tiene de abismo y vuelo, es posible en nuestra urbe contemporánea.
La naturaleza de Ciudad Fisura, su expresión lírica, es una guía para la redención: lo habita una vorágine desesperada, a muro y canto, a piel, cuerpo y asfalto que le permite trazar contornos para su revelación. Poesía valiente y arrojada la de Sonia Jiménez, que atisba en las brumas del alma en circunstancias de iluminación. Es así como hay una reconciliación entre el yo poético y el yo de la autora, quien finalmente logra habitar poéticamente este mundo.
Leticia Luna
